El irónico optimista

Aquí, comenzando el 2018, recordando a los amigos que escriben y a los que leen. A los que viven cada minuto con optimismo, a pesar de los pesares. Enrique Viloria cumple años hoy. Es tan hermano mío como mis hermanos.

Enrique Viloria Vera. Foto por María Isabel Morillo B.©


Por: José Pulido

Así como Aquiles tenía su talón de Aquiles, particularidad que le convertía en víctima de una debilidad redundante, Enrique Viloria sufre en silencio su punto flaco, que viene a ser la única flaqueza existencial que se le conoce: no soporta que la gente llore. A su lado, usted puede ponerse triste o dramático pero con el glamur y la firmeza con que entristecía Atila; usted puede mostrarse frágil y tierno el día de la madre y recitar un poema que se titule “Para ti, madre mía”, pero sin derramar una sola lágrima, al estilo Ernest Hemingway.

Nada de eso resultará estorboso para Enrique, pero si la tristeza se transforma en ganas de llorar, entonces tenga por seguro que el poeta agarrará sus bártulos y se marchará, aun estando en su propia casa. A menos que el llanto sea causado por una alegría enorme, de esas que sólo algunos seres privilegiados experimentan una vez en la vida. Porque Enrique es solidario y se alegra con las felicidades ajenas. Pero de tristezas y melancolías nada: esos estadios del espíritu le perturban y lo espantan.

Para decirlo con precisión argumental: Enrique Viloria es un hombre plenamente ligado a la alegría, es optimista y burlón, irónico y chistoso. Podría hacer suyo el comentario de Herzog, impresionante personaje de Saúl Bellow: “La pena, señor, es una especie de pereza…”.

Enrique combate las caras amarradas, escribiendo con ilustrada gracia sus artículos de echar vaina. Ese es el título que deberían ostentar, porque el poeta Viloria los escribe para divertirse echándole vainas al gobierno, desquitándose así del mandato latigueado que rige en su casa, donde se hace lo que él obedece. Cualquiera se mete con los imperios del planeta o con el presidente de la República, pero no existe en el universo un solo astronauta con redaños para dar un gran paso y marcar con su zapato embarrialado una huella, aunque sea digital, en el piso donde dicta sus normas Iraida Páez.

Bueno: lo cierto es que Enrique Viloria ha ensayado todos los recursos humorísticos de la palabra. Ha sido crudo y chabacano, coloquial y costumbrista, sublime y ridículo, profético y adivino. Todo lo ha hecho con la finalidad de que la gente sonría o suelte la carcajada ante los aconteceres que trae la época, porque es necesario repetirlo: nada pone más en fuga al poeta Viloria que ver un montón de gente llorando. Ha desplegado su cultura, su buen gusto, su desparpajo y su acidez, en la búsqueda de gestos humorísticos que permanezcan en el tiempo, para que las personas del lejano porvenir también se sientan con ímpetus de risa o nervios de sonrisa.

Y de paso entiendan la historia de este enrevesado presente, que algún día se vestirá con el flux de madera del pasado, para que en el futuro celebren o conmemoren.

Juan Liscano escribió en una ocasión que “el venezolano parece no haber asimilado aún la catástrofe social que implicó la Independencia con su guerra a muerte y las revoluciones sociales sangrientas”.

Aquello fue terrible y acabó con mucho potencial humano. Liscano hizo su análisis:

“Se trataba de ganar a cualquier costo. Para ello todo era bueno: fomento del odio racial, oferta de venganza social, pillaje, ley de la selva, crimen, represalia, ejecuciones sumarias. Cualquier valor ético naufragó en la vorágine fratricida. Venezuela quedó profundamente marcada por ese desbordamiento sanguinario y aún no ha podido borrar de la vida política, el instinto del botín”.

Y luego agregó, que esa situación, aparte de haber acabado con la cuarta parte de la población, “destruyó instituciones, jerarquías, valores sociales formadores, economía, creando un estado de alma muy peculiar en el que el humor, burla, chiste, tomadura de pelo suplantaron a la crítica enjundiosa y sincera…”

Tal vez en eso de que se creó “un estado de alma muy peculiar” tuvo Juan Liscano su dosis de razón, pero el humorismo ha sido en el mundo entero una de las expresiones más democráticas y espontáneas usadas para confrontar el poder desbordado del Estado y el poder avasallante de la maquinaria económica.

En el caso de Enrique Viloria, la verdad verdadera es que él se siente a sus anchas en el humorismo porque el arte de burlarse de uno mismo y reírse del otro está íntimamente relacionado con la escritura y con la lectura. Viloria tiende a mirarlo todo desde el punto de vista de la literatura. Podría quedarse en casa para siempre y no extrañaría nada. Punza a sus amigos con esos artículos que además de publicar en todas partes, los envía por correo electrónico, como una lluvia ácida. En última instancia toda su pasión es literaria, como la que reflejaba el aludido Hemingway, cuando explicaba: “En esta vida descubre uno que ha sido feliz solamente después de haber leído buenos libros”.

José Pulido

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