Libertad y Soberanía: fundamentos de la intervención

“Si se ha perdido la libertad personal y el ejercicio de la soberanía popular, el pueblo está llamado legítimamente a reclamar a la comunidad internacional que intervenga para asistir en el restablecimiento de esas libertades.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

Lo que caracteriza a la libertad es el poder de dirigir y dominar los propios actos, la capacidad de proponerse metas y dirigirnos hacia ellas. Libertad personal es el autodominio con el cual los seres humanos gobernamos nuestras acciones. Libertad y poder son dos fenómenos estrechamente ligados. No se puede ejercer el uno sin el otro. Libertad nos ubica en la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto sojuzgado, ni impuesto al deseo de otros de forma coercitiva. Ella permite a alguien decidir si quiere hacer algo o no. Al tomar esta decisión entran en juego dos facultades humanas: la inteligencia y la voluntad. La voluntad elige lo que previamente es conocido por la inteligencia. Antes de elegir, el hombre delibera. En su mente circundan escenarios, posibilidades, consecuencias, con sus ventajas y desventajas. Entonces toma una decisión por alguna opción.

El individuo posee un derecho natural de ser libre. Así lo reconoce la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”. Y además complementa “Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre. La esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.” Sin embargo, la libertad no es absoluta, porque el ser humano no es perfecto. Su limitación es triple: física, psicológica y moral. Si la libertad fuere absoluta habría que comenzar a temerla como prerrogativa de los demás. Es aquí cuando la libertad se examina desde diferentes ámbitos, principalmente contextualizada en lo sociológico, en lo filosófico, en lo político y en lo jurídico. Si revisamos la libertad en derecho, parecería que las leyes humanas son el principal enemigo de la libertad. No es así. Porque si la libertad no estuviere regulada como norma, la alternativa sería la ley de la selva.

Ahora bien, todo acto libre es imputable, atribuible a alguien. El sujeto que lo realiza responde por él. Los actos pertenecen al sujeto porque sin su querer no se hubieren producido. Si la libertad es el poder de elegir, la responsabilidad es la aptitud para dar cuenta de esas elecciones. Libre y responsable son también dos conceptos paralelos e inseparables. Cada persona es responsable ante sí mismo y ante la sociedad, porque sus actos libres pueden afectar a terceros. Es aquí cuando debemos asegurar que no sólo responde el propio agente libre de sus actos, sino que también son responsables quienes no aseguren o garanticen la libertad como un derecho y estén obligados a ello.

En principio, entonces, la libertad no sólo es atribuible a personas naturales, sino también a naciones. Confluyen aquí motivaciones sociológicas, políticas y jurídicas. Las naciones también son libres. Esa idea de libertad, como Nación, fue ampliamente cultivada con la ilustración y la revolución francesa. Las naciones empiezan a reclamar su propia potestad para definir su destino, para escoger su régimen político, para ejercer su propia autoridad.

En la concepción política-jurídica, las naciones poseen autodeterminación. Y la ejercen a través del Poder Político. El poder es conferido a los órganos del Estado por la voluntad y consentimiento de sus habitantes. Y lo hacen porque están conscientes que el fin del bien común lo amerita. Sin embargo, quienes ejercen ese poder son detentadores transitorios del mandato que se les otorga por un tiempo establecido. De aquí que Georges Burdeau señala que no es el poder el que crea la obediencia, es nuestro espíritu el que, consciente de la necesidad del orden, crea el poder.

Las naciones son libres. Ciertamente, tienen la capacidad, repito, de orientar su propio horizonte. De allí deviene la autodeterminación de los pueblos. Nuestra Constitución en su primer artículo asienta claramente, en tres ocasiones, que la República es libre, y agrega que Venezuela afirma la autodeterminación nacional. Pero hemos advertido que la libertad no es absoluta, porque al igual que la personal, cuando el ejercicio de la libertad de una nación, por conductas abusivas, ilegítimas e inconstitucionales de los detentadores transitorios del poder público, sojuzga las libertades personales, y esclavizan al pueblo, maniatando el ejercicio de su soberanía y de sus derechos, ello pone límite a la autodeterminación. En este caso no es el pueblo el que libremente está tomando decisiones acertadas y legítimas, sino son sus representantes que han usurpado esta libertad y esta soberanía y han cerrado toda posibilidad popular de tomar decisiones institucionales. Entonces, hay dos intereses en principio contrapuestos. La autodeterminación de los pueblos entra en conflicto con las libertades humanas y la libertad soberana del colectivo.

De tal manera que los países de la comunidad internacional, con los cuales interactúa la República, no pueden hacer mutis ante la degradación de la libertad personal y la usurpación de la soberanía popular –derechos humanos universales que no tienen frontera alguna-, por parte de detentadores transitorios que quieren eternizarse en el poder. Aquí cede la autodeterminación, porque, repito, la esclavitud, la tiranía, y sojuzgar y acabar con todo un pueblo no ha sido el camino escogido por éste. Si se ha perdido la libertad personal y el ejercicio de la soberanía popular, el pueblo está llamado legítimamente a reclamar a la comunidad internacional que intervenga para asistir en el restablecimiento de esas libertades.

por Isaac Villamizar

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