El odio hecho ley

“Antes jamás, en ninguna de nuestras dictaduras, el odio había imperado como en estos últimos 19 años, con Hugo Chávez como su forjador y maestro. Han pasado lustros.” Imagen tomada de la web; sin menoscabo de los derechos de su autor.

“Él entendía los más bajos instintos humanos, como la envidia y el resentimiento, sabía cómo estimularlos para su propio provecho. Gobernó atizando el odio entre la gente”.
Jung Chang, Wild Swans, sobre Mao Tse Tung

El cónclave fraguado fraudulentamente como asamblea constituyente acaba de anunciar una ley contra el odio, para la “convivencia y la armonía“ entre los venezolanos. Una iniciativa que no sabemos si es burla, cinismo, o ambas cosas. Algo como si Berlusconi les propusiera a los italianos una ley contra la impudicia o la Kirchner legislara en Argentina contra la corrupción.

Antes jamás, en ninguna de nuestras dictaduras, el odio había imperado como en estos últimos 19 años, con Hugo Chávez como su forjador y maestro. Han pasado lustros. Como tendemos a ser olvidadizos, refresquemos la memoria con algunas piezas de su mixtura de resentimiento y mccarthysmo: la lista Tascón, perverso instrumento de apartheid que le arrebató el empleo a miles de ciudadanos; la condena brutal de la jueza Affiuni a pena máxima; incitaciones frecuentes a los barrios contra los “escuálidos“ del Este; la maldición desde sus entrañas contra los israelitas; la creación de colectivos como perros de presa contra sus adversarios; o aquella arenga seminal a los soldados desde el Fuerte Guaicaipuro en 2003: “¡Ustedes tienen que escoger hacia donde apuntar sus fusiles: si al pecho de la oligarquía traidora o al pecho del noble pueblo de Venezuela!”

La cita del epígrafe, tomada de la famosa obra de la señora Jung Chang, quien fuera Guardia Roja y miembro de una familia perteneciente a la elite comunista china, podría estamparse, sin cambiarle una coma, en el mausoleo del cuartel de la montaña. En cuanto a la burlesca ley anti odio, cabría incluir en sus disposiciones transitorias una condena post mortem para el mayor sembrador de odio de toda nuestra historia.

por Ramón Peña

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